En el corazón de Palermo Hollywood, un refugio de arte y argentinidad muy fuerte invita a recorrer sus espacios en el silencio propio de una galería. Su mentora es una mujer cálida, que inspira confianza ganas superarse. Florencia Braga Menéndez posee la capacidad de envolver la atmósfera con su experiencia, sabiduría, y a la vez irradiar la suavidad de una madre. Es que no duda, entiende de qué habla y no teme a expresarse con todas las letras.
-¿Cómo recordás tu infancia y cómo influyó ésta en tu vida actual?
-Las cosas se arman desde pequeño. Recuerdo siendo muy chica la sensación de que mis padres creían en mí. Esto es formidable, algo que uno le desea a toda la gente que quiere: que vivan la experiencia de sentir que sus padres creyeron alguna vez en lo que podían llegar a darle al mundo. Ellos son nutricios; mi mamá es una persona que escribe literatura, poesía y teatro; papá siempre se interesó por la política, trabaja en publicidad y en campos aledaños a la literatura. No me gusta mi papá literariamente, me parece muy inteligente en muchos sentidos, pero no le veo el pathos de narcisismo desarrollado. Sí como artista plástico; tiene unos dibujos formidables.
En mi casa había un caldo de cultivo muy nutritivo: libros, películas, música y amigos… muchísimos amigos interesantes. Mis padres tenían compañía de gente valiosa y a mí me encantaba escucharlos. Se discutía mucho sobre política, filosofía e historia. Mi casa era jauretchiana y peronista de izquierda, y si bien yo nunca fui peronista, la verdad es que me sirvió nutrirme de esa cosa que tiene que ver con lo nacional y popular desde el principio. No crecí en un lugar racista, fascinado con lo extranjero, ni con lo enajenado. Había un culto a la inteligencia orgullosa y a la dignidad inteligente.
En cuanto a mis primeros pasos en el arte, recuerdo que siendo muy chiquitita hice una instalación por primera vez en Villa Gesell, en unas vacaciones, a los 6 años aproximadamente: puse una aglomeración de objetos sobre la cama -habíamos ido de vacaciones a un hotel muy pobre- y me gustó cómo funcionaban sobre el acolchado. Les saqué fotos con la Kodak Fiesta de mi mamá. Recuerdo que sentí que realmente estaba diciendo algo con esa concentración de objetos, que había un significado importante.
-¿Cuál es la visión que tenés acerca de vos, como mujer trabajadora?
-Confío en mi capacidad de juicio crítico, creo a lo que intuyo, deposito mucha fe en ello. Soy una persona de vasta capacidad de observación e intuición, una mujer que gusta de sí. Me considero una artista, no visual, sino de una manera más amplia y difícil de asignar… Creo que soy una escritora desde muy chica. Pensaba que iba a estudiar filosofía, dedicarme a la política, a escribir poesía, pintar, ser veterinaria y bióloga. Por supuesto que no se puede hacer todo, pero estudié un poquito de biología y otro tanto en Bellas Artes.
Mientras estaba dedicándome fuertemente a la producción de artes visuales, descubrí que la gente tiene que hacer aquello para lo que es más útil, cubrir el espacio en que es más necesario e imprescindible. Quizás yo lo hice en exceso, porque había un goce mío de pintar que extraño. Pero estaba convencida de que podía cubrir el espacio de gestor, operador cultural, y podía escribir sobre arte.
Hace unos años no hubiera dicho esto porque era mucho más humilde y culposa. Hoy ya no lo soy, entre otras cosas, porque tuve un cáncer, y cuando no sabés si vas a morir todo se relativiza, no tenés ganas de perder el tiempo jugando a los remilgos. La verdad es que siento que soy una persona genial. No sé si conozco a una mujer más talentosa que yo para lo mío. A esta altura del partido no tengo ganas de minimizar mis talentos y mis logros.
-¿Cómo definís la relación de los artistas que se albergan en Braga Menéndez Arte Contemporáneo con la galería?
-Mi fuente de ingreso al mundo del arte siempre son los artistas. Hoy, debo decir que no conozco a nadie tan artista como Edgardo Giménez. No sé si no es el único, ya que por donde lo mires es la encarnación de lo absolutamente poético y artístico. Tener obras de él en la galería es de alguna forma tener un espacio de poder. Es mi caballito de Troya, donde voy cabalgando por adentro, con los bichos que a mí se me cante. Cuando me vinculo con la productividad poética de un artista y lo escucho, se me habilita como un canal de comprensión, que no comparto casi con nadie que no sea artista. Es maravilloso.
-¿Qué aportes creés que generás a la sociedad desde tu lugar como galerista?
-Mi galería empezó en 1998, en forma no comercial. Me acuerdo de una nota muy buena que me hizo García Navarro, en la cual la definía como una república medida. Y es así, es un búnker de humanismo. No es posmoderna: nunca me drogué, soy una mamá burguesa que está muy enamorada de su compañero. Es decir, no soy un personaje punk ni mucho menos, no tengo nada de anarquista. Soy una persona de izquierda, salida de lo más estructural desde la modernidad del siglo XX. Y armé este lugar con códigos internos propios, con una ética de trabajo, de pensamiento.
Hicimos un aporte que alguien algún día tendrá el valor de reconocer. En la Argentina nadie habla bien de sus contemporáneos, tenemos dificultades reales para idealizar al talento vivo, y es una pena, porque los talentos siempre han estado vivos en algún momento y hay que cuidarlos y tratarlos bien siempre.
Con mi galería aporto muchísimo a la historia de la plástica argentina, en el sentido de que no sé si hubo alguien que la defendiera como yo. Y cuando digo la pintura argentina me refiero a un par de ríos de narrativas propias que no todo el mundo mira con el mismo amor y devoción. Identifiqué un par de campos que me parecieron muy atractivos, que tienen que ver con nuestra historia literaria y con la presencia de Europa en nuestro cauce. La Europa surrealista, pomposa, el universo psi. Y a ese universo me interesó en su momento aplicarle una energía sincrética de interpretación en relación al aporte sexy, del dinero y el pop de los Estados Unidos. En todo lo que tiene que ver con la narrativa pictórica argentina (en la que convergen el surrealismo europeo, lo onírico y el elemento de subjetividad magna con la alegría sexual del pop norteamericano), creo que a ese mundo de convergencia lo alenté, le di oxígeno y felicidad, porque lo amo. En el fondo es todo una gran operación poética.
-¿Si tuvieras la oportunidad de rever tu carrera, te dedicarías a lo mismo?
-Seguro, a mis 47 años estaría parada en otro lugar. Estoy en el mundo de la cultura porque fue lo que más fácil me resultó. Como artista plástica, me vinculé con el campo crítico, la observación teorética, de una manera espontánea. Pero no siento que la cosa más importante que tenga el ser humano sea el arte. Si bien me encanta, ya que es diseño, futuro, e inteligencia, creo que aquello que me concierne más es la educación y la infancia. También el mundo de la salud y de la administración de recursos para garantizar crianza y dignidad. Podría decir que me importa más la política que el arte, de alguna forma.
-¿Cuál es tu visión acerca de la moda en relación con el arte?
-El mundo de la moda no me interesa, o me interesa como cualquier otro. Todo lo que tiene que ver con belleza y seducción erotiza y lleva a un lugar del imaginario que no tiene nada que ver con el imaginario de la percepción desde donde se construye el arte. Sin duda la moda gana del mundo del arte, porque hay una especie de glamour y de sexy propia del arte que es intransferible. Estar cerca del arte te hace más inteligente, trendy y valioso, pero no creo que haya una reciprocidad constructiva. Sí me parece bien que cuando estás en una operación de tipo marketinera la puedas transparentar completamente, como lo hice con María Lizaso, a quien adoro. Pero a mí no me interesa pensar en lo que ella hace en términos de arte.
-¿Cuáles son tus planes personales a futuro, y con la galería?
-Yo quiero a la galería, la adoro y me hace bien estar en ella y curar muestras. Sin embargo nunca sé qué va a pasar, porque la verdad es que se mueve en un mundo de mercado, que es muy lábil, y no me gusta tanto como debería. Cuando le pongo pilas se puede mantener. Es un espacio de pretexto, de protección de una espiritualidad determinada, una ideología, una forma de producción poética. Quiero que se transforme en una consultora de políticas laborales cada vez más, que podamos hacer muestras de corte museológico, si tenemos desarrollado todo lo que es trabajar como consultora.
Los proyectos más fuertes que tengo son amorosos, afectivos, tienen que ver con mi familia, mi marido y mi hijo. También me gustaría morirme muy vieja y sintiéndome muy útil por algo que me encanta…, y eso sería la docencia. Me atrae pensarme dando clases de literatura en un secundario en Córdoba, me haría muy feliz. Creo que uno puede volverse cada vez más bello y más puro, y siento que soy una muy buena mujer que tiene mucho por aprender y por cambiar… Me quiero transformar en un instrumento feliz de amor.
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Andrés Duprat, Rogelio Polesello, Bob Gruen, Flor Braga, Martín Melé.
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Braga, Marina Sabato Y Felipe Yuyo Noe
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Florencia Braga Menéndez
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Bob Gruen y Flor Braga en la trastienda de la galería
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