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Un diseñador con bajo perfil  
27.03.2012 en Personalidades | Autor: Carolina Pierro

Leandro Domínguez es simple, amable, talentoso por demás, y un auténtico practicante del bajo perfil. Aunque no todos lo sepan hace 15 años que se desempeña en el ámbito de la moda, tiene experiencia laboral en la industria textil brasileña, desarrolla la mayoría de los textiles que usan las firmas argentinas de moda, creó su marca propia, y hasta vende en Japón. Con local recién estrenado, nos recibe sonriente entre las prendas de su última colección y se dispone a desmenuzar su carrera en palabras.

 

 

-Siendo parte de una de las primeras camadas de diseñadores, ¿cómo fue empezar?

-Cuando terminé la facultad en los 90 no existía la movida de diseño que hay ahora. Estudié Diseño de Indumentaria con Ceci Gadea, Nadine, el grupo que puso su emprendimiento en 2002, después de la crisis. Mi primer trabajo fue en una textil que traía productos de Brasil, donde me pasaba cuatro días de la semana en San Pablo. La facu fue increíble, pero el conocimiento de lo textil lo aprendés trabajando dentro de una fábrica.

 

-Lo que podés, lo que no, lo que es un delirio…

-También lo que tratás de lograr, después falla y no se puede hacer, o a la inversa. De repente rescatás algo que a otro le parecía una porquería y resulta que es un hit.

 

-¿Del contacto con las máquinas surgen nuevas ideas?

-Sí, eso es alucinante. Luego de tres o cuatro años me dieron ganas de trabajar para indumentaria, así que empecé en una marca -Try Me- donde estaba Ceci Gadea. Alrededor de 2001 Ceci ya estaba con su proyecto, y yo ya había arrancado con uno personal que se llamó Tinta Roja. Creo que el puntapié inicial fue la movida de Palermo, poder dejar productos en locales o galerías como Gara. Dejábamos accesorios y foulards divinos de terciopelo estampado. En 2003 me decidí y arranqué con mi propio nombre.

 

-Justo después de la crisis, ¿cómo la comercializabas?

-Con la post-crisis las marcas que abastecían a todos los multimacas del interior empezaron a fabricar menos para no arriesgarse. Se generó entonces un circuito de diseñadores como yo que vendíamos algún productito y nos tocaban el timbre para comprar ropa. Uno ahora piensa en un negocio de ropa como algo más armado, con plan de negocios, un consumidor definido, pero en ese momento era totalmente espontáneo. Mi empresa se armó en función de ese tipo de clientes: locales en el interior y venta. Trabajaba acá mismo: atendía y tenía la fábrica.

 

-Qué raro. La mayoría de los diseñadores independientes no tienen fábrica, y se la pasan corriendo de taller en taller…

-Sí, pero al haber trabajado siempre en lugares industriales, tanto para textil como para indumentaria, terminé emulando la metodología. Nunca tuve el perfil de diseñador de prendas a medida. Además, comercializar en el interior es otro camino. Más allá de que somos una marca pequeña, me gusta hacer el producto, encontrarlo en alguien que no sé ni quién es…, que tome vida propia.

 

-¿Creés que hay mucho para hacer en el interior?

-Cantidad. Estamos en un momento difícil porque a la ropa le está yendo muy bien, pero las marcas están muy potentes. Está muy polarizado. Veníamos de unos años donde el usuario quería ser diseñador de su propio estilo, entonces consumía diseño, y ahora la gente se quiere uniformar de nuevo. Agarrás el lookbook de cualquiera de las primeras marcas y todas tienen un jeans dorado.

 

-Es cierto. ¿Cómo hacés para escapar de eso, pero mantenerte dentro del mercado?

-Me cuesta crecer en volumen y no sé si me quisiera hacer una marca muy masiva, pero en un momento decidí correrme del diseñador que hace su propuesta y empezar a hacer una marca, de autor, pero una marca, con una cierta consumidora, aunque después tome vida propia. Nuestra permanencia tuvo que ver con que el cliente del interior nos percibe como una marca y no como una cosa loca que no sabe si la va a vender a su cliente.

 

-En el área textil, ¿en qué estás trabajando?

-Asesoro a Intex, una empresa textil que les vende a todas las marcas. Viajo dos veces al año a China, un mes, y desarrollo el producto, armo la carta de colores, elijo qué telas vamos a traer, desarrollo estampados.

 

-¿Te ayuda a mantener la cabeza en la realidad del mercado?

-Me saca de la cáscara. Muchas veces cuando tenés emprendimientos de tamaño intermedio como el mío, trabajar en cosas así te saca del frasco. Estoy mucho tiempo en el taller, trabajando, dibujando, con la estampería, la producción, el corte, y me pierdo un poco lo que está pasando afuera. Este trabajo además de coparme me vuelve a la realidad.

 

-¿Qué proyectás para un futuro?

-Cuando trabajás en moda siempre tenés que estar proyectando crecer, porque si no te achicás, y el mercado está difícil. Lo que armamos es genuino: no tengo ni un padre millonario ni una beca, empecé con $ 300 en 2003 y todo se armó creciendo en función de eso. Tengo un perfil muy bajo, y me gusta cultivarlo. Ojalá pueda seguir creciendo, conservar lo que tengo, pero no sé si me gustaría conquistar el mundo. Estamos en un momento donde parece que el éxito es el objetivo de todo, con esta dinámica de ser famoso. Exitoso es hacer algo que te guste y conservarlo en el tiempo. No sé si pasa por otro lado.

www.leandrodominguez.com

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