Tejidos de ñandutí, almohadones bordados de Santa María Fe, sillas de cable, hamacas paraguayas, carteras de cuero repujado son algunos de los objetos artesanales que se encuentran en Guaraní Porá, un lugarcito latino en Palermo, Buenos Aires. El menú incluye talleres de tejido con maestros artesanos, recitales de folclore latinoamericano y la presencia de tiendas itinerantes. Es que la propuesta apunta a la aprehensión.
Como bien explica Carolina Urresti, mentora de Guaraní Porá, “lo que se exhibe no es indumentaria, aunque sí se rescaten diferentes técnicas textiles: el ñandutí a través de talleres y venta de piezas, cuando aún se encuentran sobre la base del bastidor. Mi mirada, mi inconsciente, mi emoción y mis propias experiencias con el otro me orientan en la selección de piezas y objetos. También me dejo llevar por el estímulo externo, por lo que me produce admiración, sorpresa,” explica.
Ya desde el nombre se incorpora una otredad: guaraní. Este nombre, puesto por los españoles -a quienes se autodenominaban avá- al escuchar los gritos de guerra: guará-ny, que significa combatir-les. Mientras guaraní designa al pueblo, a la lengua, a la producción de este pueblo, porá significa lindo, bello, a la vez que bueno. Y no es arbitraria la elección del nombre, que se vincula con la historia del proyecto. Urresti viajó a Paraguay en 2006 y volvió a Buenos Aires con un bello recuerdo. “Con el tiempo se acentuaron las ganas de compartir todo lo vivido en la tierra colorada, y difundir aquello que conmueve: la mano alzada que repuja con dedicación cada flor sobre el cuero, el cable tejiendo su trama en el armazón de hierro, una hermandad de mujeres comparten los dibujos que se forman en hilo, en una antigua reducción jesuítica”, afirma. Hace seis años que viaja y se vincula con artesanos, artistas, con el Centro Cultural EL Cántaro y amigos.
Costumbres y tradiciones
Guaraní Porá elabora una búsqueda estética, porque por más que su mentora venga del área de la moda, ligada a sobresaltar el frenesí de una temporada tras otra, la intención es indagar en un vínculo firme con el entorno que otorga materias primas y técnicas, resaltar el desarrollo en comunidad, donde prima el carácter de anonimato por sobre el ego de cada artesano, el tiempo dedicado al saber, y a su transmisión. En definitiva, se trata de incorporar valores que vienen desde las antípodas de la moda.
“Paraguay es una isla rodeada de tierra”, dijo Josefina Pla, poeta, ceramista y artista plástica española radicada luego en Asunción. Aislada por su escasez de costas, preserva su cultura y mantiene viva su lengua. La difusión de algunas técnicas textiles está vinculada a lo que en guaraní se llama arandú, conocimientos transmitidos en forma oral de generación en generación, y que al no estar escritos, pueden llegar a perderse si no se difunden. Sus manufacturas tienen carácter tradicional local y un profundo arraigo histórico.
Del parecido de esta técnica con el tejido de la araña viene su nombre. Ñandú es araña (y ñandú) y ti quiere decir blanca. También se puede interpretar como tejido blanco, según el contexto. Inicialmente, los tejidos eran blanco y negro y luego se fueron incorporando más colores. Se hacían chales y mantillas, luego ropa para mujeres y camisas de hombres. Los motivos salen del contexto: son selváticos o rurales. Se ven loros, cotorras, flores, árboles, palmeras, gallinas, huevos, pezuñas de vaca...
Con nombre y apellido
Dina Mereles y Antolín Vera, los talleristas en GP, aprendieron el ñandutí de pequeños. En sus casas les enseñaban este tipo de tejido a hombres y mujeres. Dina está orgullosa de que su familia haya vestido a los próceres de la Revolución de Mayo de 1811 en Paraguay, lo que da cuenta de su carácter ancestral y familiar.
La colección en Guaraní Porá está dividida en tres áreas: arte indígena, arte del campo y arte urbano. El almacén cuenta también con arte moderno paraguayo: pinturas, grabados, fotografías, dibujos, pequeñas esculturas, objetos y curiosidades. Además, Urresti comparte el local con su amigo, el diseñador Leandro Domínguez. Esta presencia doble plantea cierta paradoja. Entonces lo anónimo y popular se congrega con el sello de autor, con el nombre propio, se potencia, y concluye en un saldo positivo: Guaraní Porá ciertamente se postula como una apuesta que quiere sumar.
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